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El Maratón algo más que 42 kilómetros |
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Para los maratonianos, la carrera no debe terminar al paso por la línea de Meta. En ese momento empieza todo un repertorio de cuidados que tienen como objetivo intentar aliviar la destrucción celular que se ha producido a lo largo de la carrera. En la llegada no hay que detenerse bruscamente, sino que conviene hacer un esfuerzo más y trotar suavemente o caminar para favorecer la vuelta a la calma. Además del corazón, es necesario cuidar de las piernas. Es conveniente darse un masaje en las zonas doloridas aplicándose hielo o darse un baño relajante en agua templada. Se debe continuar con la
rehidratación, un proceso que comienza en la propia carrera, tomando el agua
que la organización ofrece en los puestos situados cada cinco kilómetros.
Durante las dos o tres horas siguientes al Maratón hay que prestar especial
atención a la recuperación de agua, sales minerales y glucógeno. El muro es algo más que la
parte más dura de cualquier maratón. Es también el tramo donde se gana o se
pierde la carrera, los metros que ponen a prueba la idoneidad del entrenamiento
realizado, ese pedazo de asfalto que calibra la valía de la fortaleza mental
como improvisada sustituta de una energía física ya renqueante. De un modo u
otro, este muro lo atraviesan todos los corredores que llegan hasta la meta. Sin
embargo, hay otro muro, quizá menos pronunciado pero mucho más largo, que se
convierte en un tormento para los atletas que no han conseguido el objetivo con
el que iniciaron la prueba: es el muro del día después. El maratón es un punto y aparte en el deporte, que trasciende sus implicaciones respecto a la competitividad, el tiempo libre o el bienestar físico. Del mismo modo, los maratonianos son una especie única de deportistas a los que ni siquiera un muro tan elevado como el que da inicio el día después del fracaso puede llevarles al desánimo; al contrario, sólo será un resorte más para afrontar una nueva prueba.
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