Página 3 de 15 PrimerPrimer 1234513 ... ÚltimoÚltimo
Resultados 61 al 90 de 450

Tema: El grado cero.

  1. #61
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287



    "La consternaciòn se apoderò de los soldados.A cuarenta quilòmetros de distancia,sus familias y sus hogares se encontraban completamente indefensos.Y ellos mismos,exhaustos y empapados de sudor y sangre,no tenìan otra opciòn que regresar a Atenas "tan ràpido como pudieran llevarles sus piernas".No eran todavìa las diez de la mañana cuando abandonaban el campo de batalla,y al final de la tarde,en una sorprendente demostraciòn de fuerza y resistencia,ya habìan regresado a su ciudad,a Atenas" (*)

    Tom Holland ("Fuego Persa".La batalla de Maratòn/2005).








    (*).
    Fue esa marcha,la que inspirarìa al educador francès Michael Breal a proponer,-una carrera de maratòn-para los Juegos Olìmpicos de 1896,siguiendo la ruta que habìan tomado los atenienses desde el campo de batalla hasta Atenas.La leyenda de que fue Filìpides quien trajo la noticia de la victoria,exclamando un jadeante "hemos ganado" para morir a continuaciòn,lamentablemente es una falacia,a pesar de resultar tan poètica y adecuada.



  2. #62
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287




    EL LIBRO DEL DESASOSIEGO (5).

    Pertenezco a una generación que ha heredado la incredulidad en la fe cristiana y que ha creado en
    sí una incredulidad de todas las demás fés. Nuestros padres tenían todavía el impulso creyente, que
    transferían del cristianismo a otras formas de ilusión. Unos eran entusiastas de la igualdad social,
    otros eran enamorados sólo de la belleza, otros depositaban fe en la ciencia y en sus provechos, y
    había otros que, más cristianos todavía, iban a buscar a Orientes y Occidentes otras formas religiosas
    con que entretener la conciencia, sin ella hueca, de meramente vivir.
    Todo esto lo perdimos nosotros, de todas estas consolaciones nacimos huérfanos. Cada
    civilización sigue la línea íntima de una religión que la representa: pasar a otras religiones es perder
    ésta y, por fin, perderlas a todas.
    Nosotros perdimos ésta, y también las otras.
    Nos quedamos, pues, cada uno entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco
    parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros
    nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así,
    en la especie dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es
    preciso.
    Sin ilusiones, vivimos apenas del sueño, que es la ilusión de quien no puede tener ilusiones.
    Viviendo de nosotros mismos, nos disminuimos, porque el hombre completo es el hombre que se
    ignora. Sin fe, no tenemos esperanza, y sin esperanza no tenemos propiamente vida. No teniendo una
    idea del futuro, tampoco tenemos una idea de hoy, porque el hoy, para el hombre de acción, no es sino
    un prólogo del futuro. La energía para luchar nació muerta con nosotros, porque nosotros nacimos sin
    el entusiasmo de la lucha.
    Unos de nosotros se estancaron en la conquista necia de lo cotidiano, ordinarios y bajos
    buscando el pan de cada día, y queriendo obtenerlo sin trabajo sentido, sin la conciencia del esfuerzo,
    sin la nobleza de la consecución.
    Otros, de mejor estirpe, nos abstuvimos de la cosa pública, nada queriendo y nada deseando, e
    intentando llevar hasta el calvario del olvido la cruz de existir simplemente. Imposible esfuerzo en
    quien no tiene, como el portador de la Cruz, un origen divino en la conciencia.
    Otros se entregaron, atareados por fuera del alma, al culto de la confusión y del ruido, creyendo
    vivir cuando se oían, creyendo amar cuando chocaban contra las exterioridades del amor. Vivir, nos
    dolía, porque sabíamos que estábamos vivos: morir, no nos aterraba, porque hablamos perdido la
    noción normal de la muerte.
    Pero otros., Raza del Final, límite espiritual de la Hora Muerta, no tuvieron el valor de la
    negación y el asilo en sí mismos. Lo que vivieron fue en la negación, en el desconocimiento y en el
    desconsuelo. Pero lo vivimos desde dentro, sin gestos, encerrados siempre, por lo menos en el género
    de vida, entre las cuatro paredes del cuarto y los cuatro muros de no saber hacer.











    DOKTOR FAUSTUS (5)

    misma casa cuya planta baja ocupaban la botica y el laboratorio. De los dos, el ministro de la Iglesia Romana era el más aventajado físicamente. Pero en mí persiste la impresión, fundada quizás en juicios oídos a mi padre, de que el pequeño talmudista, con su larga barba y su casquete, era muy superior a su hermano en distinta religión, tanto por su saber como por su agudeza teológica. Estas experiencias juveniles, pero también la comprensión con que los hebreos juzgaron siempre la obra de Leverkühn. fueron sin duda causa de que en la cuestión judía y en el trato dado a los judíos no pudiera yo nunca aprobar sin reservas la política del Führer y de sus paladines, hecho que no dejó de influir en mi decisión de renunciar a ejercer el profesorado. Cierto es también que han pasado por mi vida ejemplares de aquella estirpe —me bastará recordar el ejemplo de Breisacher de Munich, hombre consagrado, por inclinación personal, a la erudición y al estudio—, sobre cuya perturbadora y poco simpática influencia me propongo proyectar alguna luz en lugar adecuado.
    Por lo que atañe a mis orígenes católicos, claro está que ellos influyeron sobre mi vida interior y contribuyeron a modelarla, pero esta tonalidad de mi vida nunca entró en conflicto con mi concepción humanista del mundo, con mi amor por las que, en pasados tiempos, fueron llamadas «excelsas artes y ciencias». Entre estos dos elementos de mi personalidad la armonía fue siempre completa, cosa que por otra parte no es difícil de lograr cuando, como en mi caso, se ha crecido en el ambiente de una vieja ciudad, cuyos recuerdos y monumentos se sitúan en lejanos tiempos precismáticos, cuando el mundo cristiano vivía unido aún. Verdad es que Kaisersaschern se encuentra en el centro mismo de la cuna de la Reforma, en el corazón del país de Lutero. circundado por esas ciudades que se llaman Eisleben, Wittenberg, Quedlinburg, y también Grimma, Wolfenbüttel y Eisenach —lo que ayuda, por otro lado, a comprender la vida interior de Leverkühn, luterano él, y explica que sus primeros estudios fueran consagrados a la teología. Pero la Reforma es, para mí, comparable a un puente que no sólo conduce de los tiempos escolásticos a nuestro mundo de librepensamiento, sino que nos lleva también, en sentido inverso, hacia la Edad Media y nos permite, quizá, penetrar más profundamente en ella que una tradición puramente católica, de más amable cultura pero ajena a la división de la Iglesia. Por mi parte, mi hogar espiritual se sitúa precisamente en aquella edad de oro que daba a la Santa Virgen el nombre de Jovis alma parens.
    Prosiguiendo la narración de lo más esencial de mi vida, he de decir que, por bondadosa decisión de mis padres, frecuenté el Liceo del lugar, la misma escuela en que, dos clases más atrás, Adrián cursaba también sus estudios, y que, fundada en la segunda mitad del siglo xv, llevó hasta hace poco el nombre de «Escuela de la Hermandad Comunal». Un cierto sentimiento de incomodidad ante ese nombre superhislórico y de sonoridad algo cómica para el oído moderno, hizo que fuera cambiado por el de «Liceo de San Bonifacio», santo patrón de la vecina iglesia. Cuando, a principios de siglo, salí de aquella escuela me consagré, sin vacilar, a las lenguas clásicas, en cuyo estudio me había ya distinguido hasta cierto punto, y seguí los cursos de las universidades de Giessen, Jena y Leipzig; más tarde, de 1904 a 1906, los de la Universidad de Halle, al propio tiempo, y ello no por causualidad, que Leverkühn estudiaba también allí.
    No puedo dejar de referirme, al pasar, y como tantas veces, a la íntima y casi misteriosa relación que existe entre la filología clásica y el sentido vivo y afectivo de la belleza y de la dignidad del hombre como ente de razón —relación que se manifiesta ya en el nombre de «Humanidades» dado al campo de investigación de las lenguas antiguas y también en el hecho de que la coordinación íntima entre la pasión del lenguaje y las humanas pasiones se opere bajo el signo de la educación y como coronada por él, en virtud de lo cual la misión de formar la juventud se presenta como una consecuencia casi obligada de los estudios filológicos. El hombre versado en las ciencias naturales podrá ser profesor, pero no será nunca un educador en el sentido y con el alcance que puede serlo el cultivador de las buenas letras. Tampoco el lenguaje de los sonidos (si así puede la música ser llamada), ese lenguaje quizá más profundo, pero maravillosamente inarticulado, me parece formar parte de la esfera humanista y pedagógica, aun sabiendo muy bien que en la pedagogía griega y, de un modo general, en la vida pública de las ciudades de Grecia representó útil papel. A pesar del rigor lógico-moral de que gusta envanecerse, entiendo, al contrario, que la música pertenece a un mundo espiritual del que no quisiera, en las cosas de la razón y de la dignidad humanas, tener que responder incondicionalmente poniendo la mano en el fuego. Si, no obstante, me siento cordialmente atraído hacia ella, será, sin duda, por una de esas contradicciones que, ya sean de lamentar o motivo de satisfacción, son inseparables de la naturaleza humana.
    Todo ello al margen del asunto. O quizá no tanto, ya que la cuestión de saber si es posible trazar una frontera definida entre lo que hay de noble y educador en el mundo del espíritu y ese otro mundo espiritual al cual no es posible acercarse sin peligro, pertenece sin duda, y muy decididamente, al asunto de que trato. ¿Qué zona de lo humano, así fuere la más elevada, la más dignamente generosa, puede ser totalmente insensible a la influencia de las fuerzas infernales, más aún, puede renunciar a su fecundante contacto? Este pensamiento, que está en su lugar incluso para aquel cuyo



  3. #63
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287







  4. #64
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287







  5. #65
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287















  6. #66
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287
















  7. #67
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287

















  8. #68
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287

















  9. #69
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287



















  10. #70
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287


























  11. #71
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287








  12. #72
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287








    "MOLON LABE"



  13. #73
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287























  14. #74
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287






















  15. #75
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287





















  16. #76
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287
















    A.N.W. (15.2.1861-30.12.1947)-G/P.M.



  17. #77
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287



















  18. #78
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287




    NO OYES LADRAR A LOS PERROS

    —Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
    —No se ve nada.
    —Ya debemos estar cerca.
    —Sí, pero no se oye nada.
    —Mira bien.
    —No se ve nada.
    —Pobre de ti, Ignacio.
    La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras,
    disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
    La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
    —Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes
    ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que
    hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
    —Sí, pero no veo rastro de nada.
    —Me estoy cansando.






    —Bájame.
    E1 viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros.
    Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de
    su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde
    entonces.
    —¿Cómo te sientes?
    —Mal.
    Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le
    agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como
    espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera
    una sonaja. É1 apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
    —¿Te duele mucho?
    —Algo —contestaba él.






    Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me
    reponga un poco." Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna.
    Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su
    sombra sobre la tierra.
    —No veo ya por dónde voy —decía él.
    Pero nadie le contestaba.
    E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y
    él acá abajo.
    —¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
    Y el otro se quedaba callado.
    Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
    —Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y
    Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú
    que vas allá arriba, Ignacio?
    —Bájame, padre.
    —¿Te sientes mal?
    —Sí






    —Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré
    con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
    Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
    —Te llevaré a Tonaya.
    —Bájame.
    Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
    —Quiero acostarme un rato.
    —Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
    La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió
    los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
    —Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo
    hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para
    llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a
    usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.
    Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
    —Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy
    seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se
    vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He
    maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: "¡Que se le
    pudra en los riñones la sangre que yo le di!" Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos,
    viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. E1 que lo bautizó
    a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces
    dije: "Ese no puede ser mi hijo."






    —Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
    —No veo nada.
    —Peor para ti, Ignacio.
    —Tengo sed.
    —¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el
    pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
    —Dame agua.
    —Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie
    me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.
    —Tengo mucha sed y mucho sueño.
    —Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
    Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado
    la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir
    aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que
    cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la
    hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
    Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los
    pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
    Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
    —¿Lloras , Ignacio ? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por
    ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya
    ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos
    bien hubieran podido decir: "No tenemos a quién darle nuestra lástima ". ¿Pero usted, Ignacio?
    Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso
    de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó
    sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
    Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó
    cómo por todas partes ladraban los perros.
    —¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo . No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

    JUAN RULFO ("EL LLANO EN LLAMAS").




  19. #79
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287

    Question




    1.El problema de Infinito.
    2.El problema del Mal.
    3.El problema mente-cerebro.
    4.El problema conciencia-realidad.
    5.El problema del Ser.
    6.El problema Relatividad-Mecànica Cuàntica.
    (...)










    "La conciencia y el enigma cuàntico no son solo dos misterios:son los dos misterios.El primero,la demostraciòn fìsica del enigma cuàntico,nos pone ante un misterio fundamental del mundo objetivo "ahì fuera".El segundo,la percepciòn consciente,nos pone ante el misterio fundamental de lo subjetivo,el mundo mental "interior".La mecànica cuàntica parece conectar ambos mundos"

    EL ENIGMA CUÀNTICO (Bruce Rosenblum).












    ES QUE SOMOS MUY POBRES
    Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaban, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
    Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.
    El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
    Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
    A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
    Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
    Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
    No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral, porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
    Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.
    Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
    Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.
    La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas las más grandes.
    Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
    Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para donde; pero andan de pirujas.
    Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
    La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
    Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vuelta a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: «Que Dios las ampare a las dos.»
    Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.
    —Sí —dice—, le llenará los ojos a cualquiera donde quiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.
    Ésa era la mortificación de mi papá.
    Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí, a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.
    Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición

    JUAN RULFO ("EL LLANO EN LLAMAS")







    "I WOULD PREFER NOT TO"
    (B-HM).


    MISHKIN/ROQUENTIN/OLIVEIRA.




    Última edición por kublai; 14/11/2010 a las 16:15

  20. #80
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287



    Lasse Viren,con Tapio Kantanen, en 1967 (Todavìa en categorìa Junior).







  21. #81
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287











    BARTLEBY,EL ESCRIBIENTE (1).

    Soy un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades
    me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta
    singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses
    o copistas judiciales. He conocido a muchos, profesional y particularmente,
    y podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores
    benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías
    de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby,
    que era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga
    noticia. De otros copistas yo podría escribir biografías completas; nada
    semejante puede hacerse con Bartleby. No hay material suficiente para
    una plena y satisfactoria biografía de este hombre. Es una pérdida
    irreparable para la literatura. Bartleby era uno de esos seres de quienes
    nada es indagable, salvo en las fuentes originales: en este caso, exiguas.
    De Bartleby no sé otra cosa que la que vieron mis asombrados ojos, salvo
    un nebuloso rumor que figurará en el epílogo.
    Antes de presentar al amanuense, tal como lo vi por primera vez, conviene
    que registre algunos datos míos, de mis empleados, de mis asuntos,
    de mi oficina y de mi ambiente general. Esa descripción es indispensable
    para una inteligencia adecuada del protagonista de mi relato. Soy,
    en primer lugar, un hombre que desde la juventud ha sentido profundamente
    que la vida más fácil es la mejor. Por eso, aunque pertenezco a una
    profesión proverbialmente enérgica y a veces nerviosa hasta la turbulencia,
    jamás he tolerado que esas inquietudes conturben mi paz. Soy uno
    de esos abogados sin ambición que nunca se dirigen a un jurado o solicitan
    de algún modo el aplauso público. En la serena tranquilidad de un
    cómodo retiro realizo cómodos asuntos entre las hipotecas de personas
    adineradas, títulos de renta y acciones. Cuantos me conocen, considéranme
    un hombre eminentemente seguro. El finado Juan Jacobo Astor, personaje
    muy poco dado a poéticos entusiasmos, no titubeaba en declarar
    que mi primera virtud era la prudencia: la segunda, el método.
    No lo digo por vanidad, pero registro el hecho de que mis servicios
    profesionales no eran desdeñados por el finado Juan Jacobo Astor; nombre
    que, reconozco, me gusta repetir porque tiene un sonido orbicular y
    tintinea como el oro acuñado. Espontáneamente agregaré que yo no era
    insensible a la buena opinión del finado Juan Jacobo Astor.
    Poco antes de la historia que narraré, mis actividades habían aumentado
    en forma considerable. Había sido nombrado para el cargo, ahora suprimido
    en el Estado de Nueva York, de agregado a la Suprema Corte.
    No era un empleo difícil, pero sí muy agradablemente remunerativo. Raras
    veces me encojo; raras veces me permito una indignación peligrosa
    ante las injusticias y los abusos; pero ahora me permitiré ser temerario, y
    declarar que considero la súbita y violenta supresión del cargo de agregado,
    por la Nueva Constitución, como un acto prematuro, pues yo tenía
    por descontado hacer de sus gajes una renta vitalicia, y sólo percibí los
    de algunos años. Pero esto es al margen.
    Mis oficinas ocupaban un piso alto en el n.º X de Wall Street. Por un lado
    daban a la pared blanqueada de un espacioso tubo de aire, cubierto
    por una claraboya y que abarcaba todos los pisos.
    Este espectáculo era más bien manso, pues le faltaba lo que los paisajistas
    llaman animación. Aunque así fuera, la vista del otro lado ofrecía,
    por lo menos, un contraste. En esa dirección, las ventanas dominaban sin
    el menor obstáculo una alta pared de ladrillo, ennegrecida por los años y
    por la sombra; las ocultas bellezas de esta pared no exigían un telescopio,
    pues estaban a pocas varas de mis ventanas para beneficio de espectadores
    miopes. Mis oficinas ocupaban el segundo piso; a causa de la gran
    elevación de los edificios vecinos, el espacio entre esta pared y la mía se
    parecía no poco a un enorme tanque cuadrado.
    En el período anterior al advenimiento de Bartleby, yo tenía dos escribientes
    bajo mis órdenes, y un muchacho muy vivo para los mandados.
    El primero, Turkey; el segundo, Nippers; el tercero, Ginger. Éstos son
    nombres que no es fácil encontrar en las guías. Eran en realidad sobrenombres,
    mutuamente conferidos por mis empleados, y que expresaban
    sus respectivas personas o caracteres. Turkey era un inglés bajo, obeso,
    de mi edad más o menos, esto es, no lejos de los sesenta. De mañana, podríamos
    decir, su rostro era rosado, pero después de las doce -su hora de
    almuerzo- resplandecía como una hornalla de carbones de Navidad, y
    seguía resplandeciendo (pero con un descenso gradual) hasta las seis de
    la tarde; después yo no veía más al propietario de ese rostro, quien coincidiendo
    en su cenit con el sol, parecía ponerse con él, para levantarse,
    culminar y declinar al día siguiente, con la misma regularidad y la misma
    gloria.
    En el decurso de mi vida he observado singulares coincidencias, de las
    cuales no es la menor el hecho de que el preciso momento en que Turkey,
    con roja y radiante faz, emitía sus más vívidos rayos, indicaba el principio
    del período durante el cual su capacidad de trabajo quedaba seriamente
    afectada para el resto del día. No digo que se volviera absolutamente
    haragán u hostil al trabajo. Por el contrario, se volvía demasiado
    enérgico. Había entonces en él una exacerbada, frenética, temeraria y disparatada
    actividad. Se descuidaba al mojar la pluma en el tintero. Todas
    las manchas que figuran en mis documentos fueron ejecutadas por él
    después de las doce del día. En las tardes, no sólo propendía a echar
    manchas: a veces iba más lejos, y se ponía barullento. En tales ocasiones,
    su rostro ardía con más vívida heráldica, como si se arrojara carbón de
    piedra en antracita. Hacía con la silla un ruido desagradable, desparramaba
    la arena; al cortar las plumas, las rajaba impacientemente, y las tiraba
    al suelo en súbitos arranques de ira; se paraba, se echaba sobre la
    mesa, desparramando sus papeles de la manera más indecorosa; triste
    espectáculo en un hombre ya entrado en años. Sin embargo, como era
    por muchas razones mi mejor empleado y siempre antes de las doce el
    ser más juicioso y diligente, y capaz de despachar numerosas tareas de
    un modo incomparable, me resignaba a pasar por alto sus excentricidades,
    aunque, ocasionalmente, me veía obligado a reprenderlo. Sin embargo
    lo hacía con suavidad, pues aunque Turkey era de mañana el más cortés,
    más dócil y más reverencial de los hombres, estaba predispuesto por
    las tardes, a la menor provocación, a ser áspero de lengua, es decir, insolente.
    Por eso, valorando sus servicios matinales, como yo lo hacía, y resuelto
    a no perderlos -pero al mismo tiempo, incómodo por sus provocadoras
    maneras después del mediodía- y corno hombre pacífico, poco deseoso
    de que mis amonestaciones provocaran respuestas impropias, resolví,
    un sábado a mediodía (siempre estaba peor los sábados), sugerirle,
    muy bondadosamente, que, tal vez, ahora que empezaba a envejecer, sería
    prudente abreviar sus tareas; en una palabra, no necesitaba venir a la
    oficina más que de mañana; después del almuerzo era mejor que se fuera
    a descansar a su casa hasta la hora del té. Pero no, insistió en cumplir sus
    deberes vespertinos. Su rostro se puso intolerablemente fogoso, y gesticulando
    con una larga regla, en el extremo de la habitación, me aseguró
    enfáticamente que si sus servicios eran útiles de mañana, ¿cuánto más indispensables
    no serían de tarde?
    -Con toda deferencia, señor -dijo Turkey entonces-, me considero su
    mano derecha. De mañana, ordeno y despliego mis columnas, pero de
    tarde me pongo a la cabeza, y bizarramente arremeto contra el enemigo,
    así -e hizo una violenta embestida con la regla.
    -¿Y los borrones? -insinué yo.
    -Es verdad, pero con todo respeto, señor, ¡contemple estos cabellos! Estoy
    envejeciendo. Seguramente, señor, un borrón o dos en una tarde calurosa
    no pueden reprocharse con severidad a mis canas. La vejez, aunque
    borronea una página, es honorable. Con permiso, señor, los dos estamos
    envejeciendo.
    Este llamado a mis sentimientos personales resultó irresistible. Comprendí
    que estaba resuelto a no irse. Hice mi composición de lugar,








    PAUL DIRAC:La bùsqueda de la Verdad a travès de la Belleza.


    PS.
    DMSR;si no lo has leìdo,no te pierdas el anterior relato.





  22. #82
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287










    BARTLEBY,EL ESCRIBIENTE (2).


    resolviendo que por las tardes le confiaría sólo documentos de menor
    importancia.
    Nippers, el segundo de mi lista, era un muchacho de unos veinticinco
    años, cetrino, melenudo, algo pirático. Siempre lo consideré una víctima
    de dos poderes malignos: la ambición y la indigestión. Evidencia de la
    primera era cierta impaciencia en sus deberes de mero copista y una injustificada
    usurpación de asuntos estrictamente profesionales, tales como
    la redacción original de documentos legales. La indigestión se manifestaba
    en rachas de sarcástico mal humor, con notorio rechinamiento de
    dientes, cuando cometía errores de copia; innecesarias maldiciones, silbadas
    más que habladas, en lo mejor de sus ocupaciones, y especialmente
    por un continuo disgusto con el nivel de la mesa en que trabajaba. A
    pesar de su ingeniosa aptitud mecánica, nunca pudo Nippers arreglar
    esa mesa a su gusto. Le ponía astillas debajo, cubos de distinta clase, pedazos
    de cartón y llegó hasta ensayar un prolijo ajuste con tiras de papel
    secante doblado. Pero todo era en vano. Si para comodidad de su espalda,
    levantaba la cubierta de su mesa en un ángulo agudo hacia el mentón,
    y escribía como si un hombre usara el empinado techo de una casa
    holandesa como escritorio, la sangre circulaba mal en sus brazos. Si bajaba
    la mesa al nivel de su cintura, y se agachaba sobre ella para escribir, le
    dolían las espaldas. La verdad es que Nippers no sabía lo que quería. O,
    si algo quería, era verse libre para siempre de una mesa de copista. Entre
    las manifestaciones de su ambición enfermiza, tenía la pasión de recibir a
    ciertos tipos de apariencia ambigua y trajes rotosos a los que llamaba sus
    clientes. Comprendí que no sólo le interesaba la política parroquial: a veces
    hacía sus negocitos en los juzgados, y no era desconocido en las antesalas
    de la cárcel. Tengo buenas razones para creer, sin embargo, que un
    individuo que lo visitaba en mis oficinas, y a quien pomposamente insistía
    en llamar mi cliente, era sólo un acreedor, y la escritura, una cuenta.
    Pero con todas sus fallas y todas las molestias que me causaba, Nippers
    (como su compatriota Turkey) me era muy útil, escribía con rapidez y letra
    clara; y cuando quería no le faltaban modales distinguidos. Además,
    siempre estaba vestido como un caballero; y con esto daba tono a mi oficina.
    En lo que respecta a Turkey, me daba mucho trabajo evitar el descrédito
    que reflejaba sobre mí. Sus trajes parecían grasientos y olían a comida.
    En verano usaba pantalones grandes y bolsudos. Sus sacos eran
    execrables; el sombrero no se podía tocar. Pero mientras sus sombreros
    me eran indiferentes, ya que su natural cortesía y deferencia, como inglés
    subalterno, lo llevaban a sacárselo apenas entraba en el cuarto, su saco ya
    era otra cosa. Hablé con él respecto a su ropa, sin ningún resultado. La
    verdad era, supongo, que un hombre con renta tan exigua no podía ostentar
    al mismo tiempo una cara brillante y una ropa brillante.
    Como observó Nippers una vez, Turkey gastaba casi todo su dinero en
    tinta roja. Un día de invierno le regalé a Turkey un sobretodo mío de
    muy decorosa apariencia: un sobretodo gris, acolchado, de gran abrigo,
    abotonado desde el cuello hasta las rodillas. Pensé que Turkey apreciaría
    el regalo, y moderaría sus estrépitos e imprudencias. Pero no; creo que el
    hecho de enfundarse en un sobretodo tan suave y tan acolchado, ejercía
    un pernicioso efecto sobre él -según el principio de que un exceso de avena
    es perjudicial para los caballos-. De igual manera que un caballo impaciente
    muestra la avena que ha comido, así Turkey mostraba su sobretodo.
    Le daba insolencia. Era un hombre a quien perjudicaba la
    prosperidad.
    Aunque en lo referente a la continencia de Turkey yo tenía mis presunciones,
    en lo referente a Nippers estaba persuadido de que, cualesquiera
    fueran sus faltas en otros aspectos, era por lo menos un joven sobrio. Pero
    la propia naturaleza era su tabernero, y desde su nacimiento le había
    suministrado un carácter tan irritable y tan alcohólico que toda bebida
    subsiguiente le era superflua. Cuando pienso que en la calma de mi oficina
    Nippers se ponía de pie, se inclinaba sobre la mesa, estiraba los brazos,
    levantaba todo el escritorio y lo movía, y lo sacudía marcando el piso,
    como si la mesa fuera un perverso ser voluntarioso dedicado a vejarlo
    y a frustrarlo, claramente comprendo que para Nippers el aguardiente
    era superfluo. Era una suerte para mí que, debido a su causa primordial -
    la mala digestión-, la irritabilidad y la consiguiente nerviosidad de Nippers
    eran más notables de mañana, y que de tarde estaba relativamente
    tranquilo. Y como los paroxismos de Turkey sólo se manifestaban después
    de mediodía, nunca debí sufrir a la vez las excentricidades de los
    dos. Los ataques se relevaban como guardias. Cuando el de Nippers estaba
    de turno, el de Turkey estaba franco, y viceversa. Dadas las circunstancias
    era éste un buen arreglo.
    Ginger Nut, el tercero en mi lista, era un muchacho de unos doce años.
    Su padre era carrero, ambicioso de ver a su hijo, antes de morir, en los
    tribunales y no en el pescante. Por eso lo colocó en mi oficina como estudiante
    de derecho, mandadero, barredor y limpiador, a razón de un dólar
    por semana. Tenía un escritorio particular, pero no lo usaba mucho.
    Pasé revista a su cajón una vez: contenía un conjunto de cáscaras de muchas
    clases de nueces. Para este perspicaz estudiante, toda la noble ciencia
    del derecho cabía en una cáscara de nuez. Entre sus muchas tareas, la
    que desempeñaba con mayor presteza consistía en proveer de manzanas
    y de pasteles a Turkey y a Nippers.
    Ya que la copia de expedientes es tarea proverbialmente seca, mis dos
    amanuenses solían humedecer sus gargantas con helados, de los que
    pueden adquirirse en los puestos cerca del Correo y de la Aduana. También
    solían encargar a Ginger Nut ese bizcocho especial -pequeño, chato,
    redondo y sazonado con especias- cuyo nombre se le daba. En las mañanas
    frías, cuando había poco trabajo, Turkey los engullía a docenas como
    si fueran obleas -lo cierto es que por un penique venden seis u ocho-, y el
    rasguido de la pluma se combinaba con el ruido que hacía al triturar las
    abizcochadas partículas. Entre las confusiones vespertinas y los fogosos
    atolondramientos de Turkey, recuerdo que una vez humedeció con la
    lengua un bizcocho de jengibre y lo estampó como sello en un título hipotecario.
    Estuve entonces en un tris de despedirlo, pero me desarmó
    con una reverencia oriental, diciéndome:
    -Con permiso, señor, creo que he estado generoso suministrándole un
    sello a mis expensas.
    Mis primitivas tareas de escribano de transferencias y buscador de títulos,
    y redactor de documentos recónditos de toda clase aumentaron
    considerablemente con el nombramiento de agregado a la Suprema Corte.
    Ahora había mucho trabajo, para el que no bastaban mis escribientes:
    requerí un nuevo empleado.
    En contestación a mi aviso, un joven inmóvil apareció una mañana en
    mi oficina; la puerta estaba abierta, pues era verano. Reveo esa figura:
    ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada!
    Era Bartleby.
    Después de algunas palabras sobre su idoneidad, lo tomé, feliz de contar
    entre mis copistas a un hombre de tan morigerada apariencia, que podría
    influir de modo benéfico en el arrebatado carácter de Turkey, y en el
    fogoso de Nippers.
    Yo hubiera debido decir que una puerta vidriera dividía en dos partes
    mis escritorios, una ocupada por mis amanuenses, la otra por mí. Según
    mi humor, las puertas estaban abiertas o cerradas. Resolví colocar a Bartleby
    en un rincón junto a la portada, pero de mi lado, para tener a mano
    a este hombre tranquilo, en caso de cualquier tarea insignificante. Coloqué
    su escritorio junto a una ventanita, en ese costado del cuarto que originariamente
    daba a algunos patios traseros y muros de ladrillos, pero
    que ahora, debido a posteriores construcciones, aunque daba alguna luz
    no tenía vista alguna. A tres pies de los vidrios había una pared, y la luz
    bajaba de muy arriba, entre dos altos edificios, como desde una pequeña









    PS.
    Broma:
    "Si Dios no existe (si nadie me lee),todo està permitido (puedo desbarrar lo que quiera)"
    Ivàn Karamazov.



  23. #83
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287










    BARTLEBY,EL ESCRIBIENTE (3).

    abertura en una cúpula. Para que el arreglo fuera satisfactorio, conseguí
    un alto biombo verde que enteramente aislara a Bartleby de mi vista, dejándolo,
    sin embargo, al alcance de mi voz. Así, en cierto modo, se aunaban
    sociedad y retiro.
    Al principio, Bartleby escribió extraordinariamente. Como si hubiera
    padecido un ayuno de algo que copiar, parecía hartarse con mis documentos.
    No se detenía para la digestión. Trabajaba día y noche, copiando,
    a la luz del día y a la luz de las velas. Yo, encantado con su aplicación,
    me hubiera encantado aún más si él hubiera sido un trabajador alegre.
    Pero escribía silenciosa, pálida, mecánicamente.
    Una de las indispensables tareas del escribiente es verificar la fidelidad
    de la copia, palabra por palabra. Cuando hay dos o más amanuenses en
    una oficina, se ayudan mutuamente en este examen, uno leyendo la copia,
    el otro siguiendo el original. Es un asunto cansador, insípido y letárgico.
    Comprendo que para temperamentos sanguíneos, resultaría intolerable.
    Por ejemplo, no me imagino al ardoroso Byron, sentado junto a Bartleby,
    resignado a cotejar un expediente de quinientas páginas, escritas
    con letra apretada.
    Yo ayudaba en persona a confrontar algún documento breve, llamando
    a Turkey o a Nippers con este propósito. Uno de mis fines al colocar a
    Bartleby tan a mano, detrás del biombo, era aprovechar sus servicios en
    estas ocasiones triviales. Al tercer día de su estada, y antes de que fuera
    necesario examinar lo escrito por él, la prisa por completar un trabajito
    que tenía entre manos, me hizo llamar súbitamente a Bartleby. En el apuro
    y en la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba
    en el escritorio con la cabeza inclinada sobre el original y con la copia en
    la mano derecha algo nerviosamente extendida, de modo que, al surgir
    de su retiro, Bartleby pudiera tomarla y seguir el trabajo sin dilaciones.
    En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar
    un breve escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación,
    cuando sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una voz singularmente
    suave y firme, replicó:
    -Preferiría no hacerlo.
    Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades.
    Primero, se me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby
    no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad
    posible; pero con claridad se repitió la respuesta:
    -Preferiría no hacerlo.
    -Preferiría no hacerlo -repetí como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo
    y cruzando el cuarto a grandes pasos-. ¿Qué quiere decir con eso?
    Está loco. Necesito que me ayude a confrontar esta página: tómela -y se
    la alcancé.
    -Preferiría no hacerlo -dijo.
    Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises, vagamente
    serenos. Ni un rasgo denotaba agitación. Si hubiera habido en su
    actitud la menor incomodidad, enojo, impaciencia o impertinencia, en
    otras palabras si hubiera habido en él cualquier manifestación normalmente
    humana, yo lo hubiera despedido en forma violenta. Pero, dadas
    las circunstancias, hubiera sido como poner en la calle a mi pálido busto
    en yeso de Cicerón.
    Me quedé mirándolo un rato largo mientras él seguía escribiendo y
    luego volví a mi escritorio. Esto es rarísimo, pensé. ¿Qué hacer? Mis
    asuntos eran urgentes. Resolví olvidar aquello, reservándolo para algún
    momento libre en el futuro. Llamé del otro cuarto a Nippers y pronto
    examinamos el escrito.
    Pocos días después, Bartleby concluyó cuatro documentos extensos,
    copias cuadruplicadas de testimonios, dados ante mí durante una semana
    en la cancillería de la Corte. Era necesario examinarlos. El pleito era
    importante y una gran precisión era indispensable. Teniendo todo listo
    llamé a Turkey, Nippers y Ginger Nut, que estaban en el otro cuarto,
    pensando poner en manos de mis cuatro amanuenses las cuatro copias
    mientras yo leyera el original. Turkey, Nippers y Ginger Nut estaban
    sentados en fila, cada uno con su documento en la mano, cuando le dije a
    Bartleby que se uniera al interesante grupo.
    -¡Bartleby!, pronto, estoy esperando.
    Oí el arrastre de su silla sobre el piso desnudo, y el hombre no tardó en
    aparecer a la entrada de su ermita.
    -¿En qué puedo ser útil? -dijo apaciblemente.
    -Las copias, las copias -dije con apuro-. Vamos a examinarlas. Tome -y
    le alargué la cuarta copia.
    -Preferiría no hacerlo -dijo, y dócilmente desapareció detrás de su
    biombo.
    Por algunos momentos me convertí en una estatua de sal, a la cabeza
    de mi columna de amanuenses sentados. Vuelto en mí, avancé hacia el
    biombo a indagar el motivo de esa extraordinaria conducta.
    -¿Por qué rehúsa?
    -Preferiría no hacerlo.
    Con cualquier otro hombre, me hubiera precipitado en un arranque de
    ira, desdeñando explicaciones, y lo hubiera arrojado ignominiosamente
    de mi vista. Pero había algo en Bartleby que no sólo me desarmaba
    singularmente, sino que de manera maravillosa me conmovía y desconcertaba.
    Me puse a razonar con él.
    -Son sus propias copias las que estamos por confrontar. Esto le ahorrará
    trabajo, pues un examen bastará para sus cuatro copias. Es la costumbre.
    Todos los copistas están obligados a examinar su copia. ¿No es así?
    ¿No quiere hablar? ¡Conteste!
    -Prefiero no hacerlo -replicó melodiosamente. Me pareció que mientras
    me dirigía a él, consideraba con cuidado cada aserto mío; que comprendía
    por entero el significado; que no podía contradecir la irresistible conclusión;
    pero que al mismo tiempo alguna suprema consideración lo inducía
    a contestar de ese modo.
    -¿Está resuelto, entonces, a no acceder a mi solicitud, solicitud hecha
    de acuerdo con la costumbre y el sentido común?
    Brevemente me dio a entender que en ese punto mi juicio era exacto.
    Sí: su decisión era irrevocable.
    No es raro que el hombre a quien contradicen de una manera insólita e
    irrazonable, bruscamente descrea de su convicción más elemental. Empieza
    a vislumbrar vagamente que, por extraordinario que parezca, toda
    la justicia y toda la razón están del otro lado; si hay testigos imparciales,
    se vuelve a ellos para que de algún modo lo refuercen.
    -Turkey -dije-, ¿qué piensa de esto? ¿Tengo razón?
    -Con todo respeto, señor -dijo Turkey en su tono más suave-, creo que
    la tiene.
    -Nippers. ¿Qué piensa de esto?
    -Yo lo echaría a puntapiés de la oficina.
    El sagaz lector habrá percibido que siendo mañana, la contestación de
    Turkey estaba concebida en términos tranquilos y corteses y la de Nippers
    era malhumorada. O para repetir una frase anterior, diremos que el
    malhumor de Nippers estaba de guardia y el de Turkey estaba franco.
    -Ginger Nut -dije, ávido de obtener en mi favor el sufragio más mínimo-,
    ¿qué piensas de esto?
    -Creo, señor, que está un poco chiflado -replicó Ginger Nut con una
    mueca burlona.
    -Está oyendo lo que opinan -le dije, volviéndome al biombo-. Salga y
    cumpla con su deber.
    No condescendió a contestar. Tuve un momento de molesta perplejidad.
    Pero las tareas urgían. Y otra vez decidí postergar el estudio de este
    problema a futuros ocios. Con un poco de incomodidad llegamos a examinar
    los papeles sin Bartleby, aunque a cada página, Turkey, deferentemente,
    daba su opinión de que este procedimiento no era correcto;











  24. #84
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287



    Entre los atletas españoles que yo admiro,en el primer puesto,y con mucha diferencia sobre el segundo,està Mariano Haro.









    BARTLEBY,EL ESCRIBIENTE (4).

    mientras Nippers, retorciéndose en su silla con una nerviosidad dispéptica,
    trituraba entre sus dientes apretados, intermitentes maldiciones silbadas
    contra el idiota testarudo de detrás del biombo. En cuanto a él
    (Nippers), ésta era la primera y última vez que haría sin remuneración el
    trabajo de otro.
    Mientras tanto, Bartleby seguía en su ermita, ajeno a todo lo que no
    fuera su propia tarea.
    Pasaron algunos días, en los que el amanuense tuvo que hacer otro largo
    trabajo. Su conducta extraordinaria me hizo vigilarlo estrechamente.
    Observé que jamás iba a almorzar; en realidad, que jamás iba a ninguna
    parte. Jamás, que yo supiera, había estado ausente de la oficina. Era un
    centinela perpetuo en su rincón. Noté que a las once de la mañana, Ginger
    Nut solía avanzar hasta la apertura del biombo, como atraído por
    una señal silenciosa, invisible para mí. Luego salía de la oficina, haciendo
    sonar unas monedas, y reaparecía con un puñado de bizcochos de jengibre,
    que entregaba en la ermita, recibiendo dos de ellos como jornal.
    Vive de bizcochos de jengibre, pensé; no toma nunca lo que se llama
    un almuerzo; debe ser vegetariano; pero no, pues no toma ni legumbres,
    no come más que bizcochos de jengibre. Medité sobre los probables efectos
    de un exclusivo régimen de bizcochos de jengibre. Se llaman así, porque
    el jengibre es uno de sus principales componentes, y su principal sabor.
    Ahora bien, ¿qué es el jengibre? Una cosa cálida y picante. ¿Era Bartleby
    cálido y picante? Nada de eso; el jengibre, entonces, no ejercía efecto
    alguno sobre Bartleby. Probablemente, él prefería que no lo ejerciera.
    Nada exaspera más a una persona seria que una resistencia pasiva. Si
    el individuo resistido no es inhumano, y el individuo resistente es inofensivo
    en su pasividad, el primero, en sus mejores momentos, caritativamente
    procurará que su imaginación interprete lo que su entendimiento
    no puede resolver.
    Así me aconteció con Bartleby y sus manejos. ¡Pobre hombre! pensé
    yo, no lo hace por maldad; es evidente que no procede por insolencia; su
    aspecto es suficiente prueba de lo involuntario de sus rarezas. Me es útil.
    Puedo llevarme bien con él. Si lo despido, caerá con un patrón menos indulgente,
    será maltratado y tal vez llegará miserablemente a morirse de
    hambre. Sí, puedo adquirir a muy bajo precio la deleitosa sensación de
    amparar a Bartleby; puedo adaptarme a su extraña terquedad; ello me
    costará poquísimo o nada y, mientras, atesoraré en el fondo de mi alma
    lo que finalmente será un dulce bocado para mi conciencia. Pero no
    siempre consideré así las cosas. La pasividad de Bartleby solía exasperarme.
    Me sentía aguijoneado extrañamente a chocar con él en un nuevo
    encuentro, a despertar en él una colérica chispa correspondiente a la mía.
    Pero hubiera sido lo mismo tratar de encender fuego golpeando con los
    nudillos de mi mano en un pedazo de jabón Windsor.
    Una tarde, el impulso maligno me dominó y tuvo lugar la siguiente
    escena:
    -Bartleby -le dije-, cuando haya copiado todos esos documentos, los
    voy a revisar con usted.
    -Preferiría no hacerlo.
    -¿Cómo? ¿Se propone persistir en ese capricho de mula?
    Silencio.
    Abrí la puerta vidriera, y dirigiéndome a Turkey y a Nippers exclamé:
    -Bartleby dice por segunda vez que no examinará sus documentos.
    ¿Qué piensa de eso, Turkey?
    Hay que recordar que era de tarde.
    Turkey resplandecía como una marmita de bronce; tenía empapada la
    calva; tamborileaba con las manos sobre sus papeles borroneados.
    -¿Qué pienso? -rugió Turkey-. ¡Pienso que voy a meterme en el biombo
    y le voy a poner un ojo negro!
    Con estas palabras se puso de pie y estiró los brazos en una postura
    pugilística. Se disponía a hacer efectiva su promesa cuando lo detuve,
    arrepentido de haber despertado la belicosidad de Turkey después de
    almorzar.
    -Siéntese, Turkey -le dije-, y oiga lo que Nippers va a decir. ¿Qué piensa,
    Nippers? ¿No estaría plenamente justificado despedir de inmediato a
    Bartleby?
    -Discúlpeme, esto tiene que decidirlo usted mismo. Creo que su conducta
    es insólita, y ciertamente injusta hacia Turkey y hacia mí. Pero
    puede tratarse de un capricho pasajero.
    -¡Ah! -exclamé-, es raro ese cambio de opinión. Usted habla de él, ahora,
    con demasiada indulgencia.
    -Es la cerveza -gritó Turkey-, esa indulgencia es efecto de la cerveza.
    Nippers y yo almorzamos juntos. Ya ve qué indulgente estoy yo, señor. ¿
    Le pongo un ojo negro?
    -Supongo que se refiere a Bartleby. No, hoy no. Turkey -repliqué-, por
    favor, baje esos puños.
    Cerré las puertas y volví a dirigirme a Bartleby. Tenía un nuevo incentivo
    para tentar mi suerte. Estaba deseando que volviera a rebelarse. Recordé
    que Bartleby no abandonaba nunca la oficina.
    -Bartleby -le dije-. Ginger. Nut ha salido; cruce al Correo, ¿quiere? -era
    a tres minutos de distancia- y vea si hay algo para mí.
    -Preferiría no hacerlo.
    -¿No quiere ir?
    -Lo preferiría así.
    Pude llegar a mi escritorio, y me sumí en profundas reflexiones. Volvió
    mi ciego impulso. ¿Habría alguna cosa capaz de procurarme otra ignominiosa
    repulsa de este necio tipo sin un cobre, mi dependiente
    asalariado?
    -¡Bartleby!
    Silencio.
    -¡Bartleby! -más fuerte.
    Silencio.
    -¡Bartleby! -vociferé.
    Como un verdadero fantasma, cediendo a las leyes de una invocación
    mágica, apareció al tercer llamado.
    -Vaya al otro cuarto, y dígale a Nippers que venga.
    -Preferiría no hacerlo -dijo con respetuosa lentitud, y desapareció
    mansamente.
    -Muy bien, Bartleby -dije con voz tranquila, aplomada y serenamente
    severa, insinuando el inalterable propósito de alguna terrible y pronta represalia.
    En ese momento proyectaba algo por el estilo. Pero pensándolo
    bien, y como se acercaba la hora de almorzar, me pareció mejor ponerme
    el sombrero y caminar hasta casa, sufriendo con mi perplejidad y mi
    preocupación.
    ¿Lo confesaré? Como resultado final quedó establecido en mi oficina
    que un pálido joven llamado Bartleby tenía ahí un escritorio, que copiaba
    al precio corriente de cuatro céntimos la hoja (cien palabras), pero que estaba
    exento, permanentemente, de examinar su trabajo y que ese deber
    era transferido a Turkey y a Nippers, sin duda en gracia de su mayor
    agudeza; ítem, el susodicho Bartleby no sería llamado a evacuar el más
    trivial encargo; y si se le pedía que lo hiciera, se entendería que preferiría
    no hacerlo, en otras palabras, que rehusaría de modo terminante.
    Con el tiempo, me sentí considerablemente reconciliado con Bartleby.
    Su aplicación, su falta de vicios, su laboriosidad incesante (salvo cuando
    se perdía en un sueño detrás del biombo), su gran calma, su ecuánime
    conducta en todo momento, hacían de él una valiosa adquisición. En primer
    lugar siempre estaba ahí, el primero por la mañana, durante todo el
    día, y el último por la noche. Yo tenía singular confianza en su honestidad.
    Sentía que mis documentos más importantes estaban perfectamente
    seguros en sus manos. A veces, muy a pesar mío, no podía evitar el caer
    en espasmódicas cóleras contra él. Pues era muy difícil no olvidar nunca









    PS.
    ¿Tiene alguien por casualidad una copia de la pelìcula:"Furia española" de Francesc Betriu,del año 1975,portagonizada por Cassen y Monica Randall,Ovidi Montlor,...?
    Es para regalarle a un amigo,pero no la encuentro por ningùn lado.
    (Yo la vì muy joven,pero me hizo mucha gracia...O la escena en la que va Cassen por la calle con una gran bandera del Barcelona y desde un coche se oye un grito:"Charnego...")
    La cambiarìa por un DVD de atletismo.
    Un saludo.








  25. #85
    Fecha de ingreso
    06 ene, 07
    Ubicación
    , , .
    Mensajes
    1.553
    Cita Iniciado por kublai Ver mensaje
    [B]
    PS.
    DMSR;si no lo has leìdo,no te pierdas el anterior relato.
    Hola Kublai, si te refieres a "BARTLEBY, EL ESCRIBIENTE" por una vez puedo decir que sí, que lo leí hace algún tiempo, jeje. Y me dejó muy buen gusto.

    Con la película que buscas no puedo ayudarte. Suerte.

  26. #86
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287

















    Me alegra saber que lo hayas leìdo y no te haya disgustado,DMSR.
    Un saludo.


  27. #87
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287





















  28. #88
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287
























    (Una de las concentraciones de genios,màs grande de la Historia)





  29. #89
    Fecha de ingreso
    02 dic, 07
    Mensajes
    4.287


















    Se me olvidaba:Ya que aquì hay tanto aficionado a la velocidad,me parece una buena oferta este nùmero de L'equipe (si se titulase "los dioses del 10000,yo no lo dudarìa un instante):

    http://cgi.ebay.es/LEquipe-N-1362-At...item41544d28ed

    Un saludo a todos.


    Última edición por kublai; 17/11/2010 a las 20:41

  30. #90
    Fecha de ingreso
    06 ene, 07
    Ubicación
    , , .
    Mensajes
    1.553
    Gracias. Comprada

Página 3 de 15 PrimerPrimer 1234513 ... ÚltimoÚltimo

Permisos de publicación

  • No puedes crear nuevos temas
  • No puedes responder temas
  • No puedes subir archivos adjuntos
  • No puedes editar tus mensajes
  •